Thursday, December 14, 2017

Soledad y Silencio

“En la soledad y el silencio está nuestra fortaleza”

El Espíritu Santo, que condujo a Jesús al desierto, invita a la Carmelita a compartir de modo esponsal la soledad de Jesucristo, que por medio del Espíritu eterno se ofreció al Padre.  La celda solitaria y el claustro cerrado y silencioso son el lugar donde la Carmelita, esposa del Verbo Encarnado, vive plenamente recogida con Cristo en Dios y comparte su sufrimiento redentor en la Cruz. El silencio y la soledad son hermano y hermana que se dan la mano para ayudarse recíprocamente, de ahí que la soledad deba ir acompañada del silencio ya que es la actitud necesaria para acoger a Dios y a su palabra y el ambiente vital de la oración y del culto divino.  Como nuestro padre San Elías no oyó la voz del Señor en la tormenta sino en la suave brisa, así el corazón de la Carmelita debe oír la voz de Dios en el silencio. El silencio, además, nos hace sensibles para captar las necesidades de la Iglesia y de la sociedad, para ver las necesidades de las hermanas que viven a nuestro lado y valorar los carismas y aptitudes de cada una. (cf. VS 3; Const. 101, 102).  

Medios para vivirlo:

  1. Clausura: A la luz de la vocación y misión eclesial de la Monja Carmelita, la clausura responde a la exigencia sentida como prioridad de estar con el Señor.  Al elegir un espacio circunscrito como lugar de vida, la Carmelita participa en el anonadamiento de Cristo mediante una pobreza radical que se manifiesta en la renuncia no solo de las cosas, sino también del espacio, de los contactos externos, de tantos bienes de la creación uniéndose al silencio fecundo del Verbo en la Cruz.  El retirarse del mundo para dedicarse en la soledad a una vida más intensa de oración no es otra cosa que una manera particular de vivir y expresar el Misterio Pascual de Cristo, un verdadero encuentro con el Señor Resucitado, un camino de continua ascensión hacia la morada del Padre.  En la espera vigilante de la venida del Señor, la clausura se convierte así en una  respuesta al amor absoluto de Dios por su criatura y el cumplimiento de su eterno deseo de acogerla en el misterio de intimidad con el Verbo, que se ha hecho don esponsal en la Eucaristía y permanece en el Sagrario como centro de la plena comunión de amor con Él, recogiendo toda la vida de la monja para ofrecerla continuamente al Padre.  Al don de Cristo-Esposo, que en la Cruz ofreció todo su cuerpo, la Carmelita responde de igual modo con el don del cuerpo, ofreciéndose con Jesucristo al Padre y colaborando en la obra de la Redención.  De esta forma, la separación del mundo da a toda la vida de clausura un valor eucarístico, además del aspecto de sacrificio y expiación, adquiere la dimensión de la acción de gracias al Padre, participando de la acción de gracias del Hijo predilecto.  Por tanto, la clausura papal, con su forma de separación particularmente rigurosa, manifiesta y realiza mejor la completa dedicación de nosotras mismas a Jesucristo.  Es el signo, la protección y la forma de vida íntegramente contemplativa, vivida en la totalidad del don, que comprende la integridad no sólo intencional, sino real, de manera que Jesús sea verdaderamente el Señor, la única nostalgia y la única bienaventuranza de la Carmelita.  (Cf. VC 59; VS 3, 10)

  2. El Monasterio: El Monasterio es el desierto donde la Carmelita habita; es el lugar que Dios custodia, la morada de su presencia singular, a imagen de la tienda de la Alianza, en la que se realiza el encuentro cotidiano con Él, donde el Dios tres veces Santo ocupa todo el espacio y es reconocido y honrado como el único Señor.  En el Monasterio, todo se orienta a la búsqueda del rostro de Dios; todo tiende a lo esencial, porque es importante sólo lo que acerca a Él.  El recogimiento monástico significa atención a la presencia de Dios: si uno se distrae en muchas cosas, se afloja el paso y se pierde de vista la meta.  Por esto, el Monasterio representa la intimidad de la Iglesia, el corazón, donde el Espíritu siempre gime y suplica por las necesidades de toda la comunidad y donde se eleva sin descanso la acción de gracias por la Vida que cada día nos regala.  (cf. VS 5, 8; Const. 97)

  3. La Celda: La espiritualidad de la celda en la tradición Carmelita hunde sus raíces en el monacato antiguo de los Padres del desierto.  Igual que para ellos, la celda es para la Carmelita el lugar del encuentro con Dios, de la aceptación de sí misma, de la purificación interior que la hace sensible a las necesidades de la humanidad. La celda es el vientre materno del Monasterio donde nos desarrollamos interiormente hasta llegar a la transformación en Cristo.  La Regla nos invita a “permanecer en la celda día y noche, meditando en la ley del Señor y velando en oración, a no ser que debamos dedicarnos a otros justos quehaceres” (Cf. Regla VII).  Este espacio físico evoca el lugar espiritual de la persona, en el cual la acción de Dios recibe acogida.  Permanecer en la celda es permanecer en nosotras mismas, disponiéndonos para el encuentro con el Señor. Por este motivo, es esencial para la Carmelita aprender a permanecer en la celda, ya que no es posible el encuentro con Aquel con Quien deseamos encontrarnos, si nos vamos del lugar en que hemos convenido dejarnos encontrar.  (Cf. La Maternidad como celda. Cuadernos Monásticos 139 año 36 2001)

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