Thursday, December 14, 2017

Hna. Laura Teresa María


Jamás imaginé ser monja, pero Dios  lo tenía pensado desde toda la eternidad.

Cursaba el duodécimo grado de escuela superior cuando comencé a cuestionarme la razón de mi existencia. Me preguntaba: ¿Por qué existo? ¿Cuál es mi propósito en la vida? Por primera vez sentí un vacío muy grande en mi interior, aún teniendo todas las cosas que hasta ese momento me habían llenado. Antes me gustaba compartir con mis amigas, ir a fiestas, disfrutar de la playa, compartir con mi familia… Pero ya todo eso me era insuficiente, sentía el deseo de algo más. Sabía que la felicidad que había experimentado hasta entonces no era plena.


Fue en la Iglesia donde encontré la respuesta para todas mis preguntas. Descubrí que por el sacramento del bautismo Dios me llamaba a la vocación de la santidad. Esto le daba un nuevo sentido a mi vida, lo cambiaría todo… Así surgió en mi otra gran pregunta: ¿Cómo Dios quiere que sea santa? Jamás imaginé ser monja. En un pasado tenía muchos planes para mi futuro. Desde pequeña deseaba ser maestra y veía normal el tener una familia. De hecho, comencé mis estudios universitarios en la facultad de pedagogía, los cuales disfrutaba mucho. Pero los criterios de mi vida cambiaron. Quería que Dios ocupara el primer lugar en mi corazón y desde ese momento sólo quería descubrir el plan de Dios para mí.


Con la ayuda de un director espiritual, recibiendo los sacramentos y en la oración, descubrí que Dios me llamaba a la vida religiosa. Poco tiempo después, visitando el Monasterio Carmelita de San José en Trujillo Alto supe con precisión que Él me llamaba a la vida contemplativa como monja carmelita de clausura. No miento si menciono que al principio sentí miedo…pero luego comprendí que en realizar su voluntad encontraría mi mayor alegría. Así, puesta mi confianza en Él y acompañada de la Virgen María, entré el 25 de agosto de 2012 al Carmelo. Todo ha sido iniciativa suya. Actualmente sólo puedo exclamar como Santa Teresa de Jesús: ¡Sólo Dios Basta!


 

 

Sor Linda María Benedicta del Cristo Eucarístico de la Misericordia


“¡Qué hermoso es estar contigo, Jesús, amado mío! Ser tu esposa, ser carmelita, ser por mi unión contigo, madre de las almas!

Quisiera compartir contigo algo de mi aventura de amor en el seguimiento de Jesucristo. Compartir la belleza de la llamada del Señor y la alegría que se experimenta cuando se le responde: “Aquí estoy Señor, toma mi vida, hágase en mi según tu voluntad”.
Nací y crecí en un hogar lleno de amor junto a mis padres y hermanos. Desde pequeña estudié en un colegio católico. Me encantaban los deportes, por eso desde la temprana edad de siete años comencé en el atletismo y más adelante el volibol y el baloncesto. En mi adolescencia llevaba una vida bastante activa entre los estudios del colegio y las actividades de los deportes.


Mi inquietud vocacional comenzó a los quince años. Recuerdo que a través de una predicación comprendí que había diversas vocaciones en la Iglesia para servir y amar a Dios y al prójimo, pero que cada persona tenía una vocación particular, una misión especial que Dios le confiaba, un camino de santidad. Surgió en mi interior una gran pregunta que repetiría muchas veces y por largo tiempo: ¿Señor, qué quieres de mí? En esta búsqueda interior vino Jesús a encender una luz en mi camino.


Fue visitando un monasterio de clausura de monjas dominicas, con un grupo de jóvenes, que tuve contacto por primera vez con las monjas de vida contemplativa. La acogida que nos ofrecieron en el locutorio causó un gran impacto en mí, al ver su gran alegría espiritual y sus rostros sonrientes que irradiaban un gran amor a Dios. Me preguntaba, si sería esta, la vocación que Dios quería para mí. Ese día Dios había sembrado en mi corazón la semilla de la vocación a la vida contemplativa de clausura. Luego visitando el Carmelo comprendí que de ser monja, sería carmelita, pues me atraía la espiritualidad carmelita ya que conocía a Santa Teresita, Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz.


Esta semilla fue creciendo y cultivándose en mi alma a través de un proceso de discernimiento vocacional. A los diecisiete años comencé la dirección espiritual lo cual fortaleció mi vida espiritual y me ayudó a descubrir con claridad la voluntad de Dios para mí. Dios me confirmaba mi vocación carmelita pero no sabía cuando era el momento propicio para dar el paso de fe. Así que ingresé a la universidad y estudié dos años y medio en la facultad de biología. Mientras tanto había formalizado un proceso de aspirantado en el Monasterio Carmelita de San José en Trujillo Alto, que consistía en encuentros periódicos con la formadora y con la comunidad para crecer en un conocimiento recíproco y así discernir mejor la vocación carmelita de clausura.


El Señor me impulsó a dar el pasó a mis veinte años de edad, con la certeza de que me había llamado y yo sólo quería responderle y ser toda de Él. Impulsada por el amor a Cristo, con gran alegría, paz y confianza se me concedió la inmerecida gracia de entrar al Carmelo, el 27 de febrero de 1999. ¡Cómo expresar el gozo de este día!


Ciertamente dejaba casa, vida familiar, estudios, deportes, parroquia, apostolados, compartir con amigos, etc. Era como darlo todo por el Todo. Sin embargo inmediatamente experimenté en el Carmelo que Dios no se deja ganar en generosidad. Mis deseos se vieron colmados y superados.


Ya han pasado catorce años de mi entrada al Carmelo y me siento una carmelita muy feliz porque vivo del Amor de Dios Trino que es fuente de paz y alegría. Jesús y María me han traído al Carmelo y junto a Ellos caminaré toda mi vida en comunión con mis hermanas de comunidad.


¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¡Gracias Jesús, gracias María! ¡Te amo Jesús, te amo María!

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