Thursday, December 14, 2017

Nuestra Misión en la Iglesia

“En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el Amor”

La Monja Carmelita de clausura, por su llamada específica a la unión con Dios en la contemplación, se inserta plenamente en la comunión eclesial, haciéndose signo singular de la unión íntima con Dios de toda la comunidad cristiana.  Mediante la oración, particularmente con la celebración de la liturgia y nuestro ofrecimiento cotidiano, intercedemos por todo el pueblo de Dios y nos unimos a la acción de gracias de Jesucristo al Padre.
 
Nuestra misma vida contemplativa es nuestro primero y fundamental apostolado, porque según un designio especial de Dios, es nuestro modo típico y característico de ser Iglesia, de vivir en la Iglesia, de realizar la comunión con la Iglesia.  A las Carmelitas de clausura no se nos pide, por tanto, que hagamos comunión participando en nuevas formas de presencia activa, sino más bien que permanezcamos en la fuente de la comunión trinitaria, viviendo en el corazón de la Iglesia.
 
La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera; por ello la misión es esencial también para los Institutos de vida contemplativa.  Nosotras, como Monjas Carmelitas, fieles a la rica tradición de la Orden, prestamos un servicio inestimable al pueblo de Dios, gastando nuestra vida en la presencia de Dios, en el ardor de la oración y del celo apostólico.  Con un anuncio silencioso y un testimonio humilde del Misterio de Dios proclamamos en el mundo los auténticos valores espirituales.
 
Permaneciendo en el corazón misionero de la Iglesia apartadas de las cosas externas en la intimidad de nuestro ser, purificando el corazón y la mente mediante un serio camino de oración, de renuncia, de vida fraterna, de escucha de la Palabra de Dios y de ejercicio de las virtudes teologales nuestra vida se convierte en una misteriosa fuente de fecundidad apostólica y de bendición para la comunidad cristiana y para el mundo entero.
 
 A la luz de todo esto, la Carmelita revive y continúa en la Iglesia la Obra de María.    Acogiendo al Verbo en la fe y en el silencio de adoración, nos ponemos al servicio del misterio de la Encarnación y, unidas a Jesucristo en su ofrenda al Padre, nos convertimos en colaboradoras del misterio de la Redención.  Así como María, con su presencia orante en el Cenáculo, custodió en su corazón los orígenes de la Iglesia, así a nuestro corazón amante y a nuestras manos juntas se confía el camino de la Iglesia.  (cf. VS 4, 5, 6, 7; PI 73).
 
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